Últimamente, muchos de mis amigos se han decidido a salir del letargo generalizado que ocupaba gran parte de nuestras largas conversaciones a horas intempestivas; se enamoran. Han decidido volver a confiar en sus semejantes, quitar polvo y telarañas a todas las puestas de sol acumuladas en un altillo del armario. Poco a poco, sus miradas se llenan de luz y sus palabras de esa paz que proporciona la ilusión de un nuevo proyecto.
Pero, ¿se acaba el amor en ese proceso recíproco de dar, recibir y aprender con otra persona? ¿Podemos amar sin conocernos a nosotros mismos?
Decir no o expresar el propio deseo sin sentirse desplazado. Tantos años de cuentos de hadas han mermado nuestra capacidad de sentirnos personas individuales con capacidad y derecho a escoger según nuestros gustos. Comprender que llegamos libres a la otra persona es el primer paso para construir un vínculo sano y no perdernos en el camino.
Saber que nunca es tarde, que no paramos de aprender. Que los obstáculos de ayer son los primeros peldaños de la gran escalera que es la vida. Quiere, deja que te quieran y, sobre todo, quiérete. Mucho.
Amarse a sí mismo es el comienzo de un idilio que durará toda la vida. O. Wilde.
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